Cáceres. El Baluarte de Los Pozos.

visión frontal del Baluarte de los Pozos en Cáceres

El denominado Baluarte de los Pozos es un conjunto formado por varias construcciones del siglo XII durante la vigencia del imperio almohade en la ciudad de Cáceres. Se trataba de una prolongación de la muralla de la alcazaba y estaba defendido por dos torres principales: la Torre de los Aljibes, de la que prácticamente sólo se conserva una parte, y la Torre de los Pozos, también conocida popularmente como Torre del Gitano.

Al conjunto de las dos torres se añaden una casa típica y un jardín-mirador. La casa, de dos plantas, acoge actualmente una exposición de maquetas de los edificios más llamativos de la ciudad y reproducen la arquitectura civil, religiosa y militar del casco antiguo, con obras del famoso artista cacereño Eusebio Salgado, entre otros. En cuanto al mirador, se trata de un espacio rehabilitado de unos 550 m2 con césped y ubicado en la parte superior con acceso desde la Torre de los Pozos.

Desde la azotea o jardín-mirador, a seis metros de la barbacana (estructura defensiva situada sobre la muralla) se obtienen las mejores vistas de la ribera del Marco, la Fuente Concejo, el barrio de San Marquino, parte de la muralla o el santuario de la Virgen de la Montaña. Lateralmente son visibles la Torre Albarrana o de Hernando Pizarro y el olivar de la Judería, a sus pies. Durante las noches de verano, este jardín del Baluarte se convierte en escenario de exposiciones y eventos culturales, desarrollando actividades de diverso tipo con el objetivo de revitalizar el entorno de la Judería.

Baluarte de los Pozos, mirador y olivar de la Judería

Cuenta la leyenda que durante el dominio almohade vivía en el alcázar de Cáceres un cadí con su hija Jasmina. Esta joven, en uno de los asedios cristianos a la ciudad, se enamoró de uno de los guerreros enemigos que vio desde una de las ventanas del palacio. Contactó con él y con ayuda de su sirvienta escapaba del palacio a través de un pasadizo. Una vez fuera de la muralla, Jasmina se dirigía desde el aljibe -hoy Cisterna de San Roque- hasta el arroyo para allí reunirse con el joven. 

Sin embargo, el soldado cristiano aprovechó una de estas salidas para seguirla hasta la entrada del pasadizo y, una vez dentro, los cristianos no tardaron en tomar la ciudad. Cuando el cadí pidió el nombre del traidor Jasmina no tardó en confesar su culpa y, acto seguido, se lanzó por un balcón del palacio. Dicen que antes de caer se convirtió en una gallina de oro y que, en las noches de San Juan, se aparece en Fuente Fría. Otra teoría sugiere que la joven Jasmina bajó al aljibe y se durmió para siempre en la profundidad de sus aguas.

Cisterna de San Roque a los pies del Baluarte de los Pozos

El pasadizo, que supuestamente comunicaba el alcázar almohade con el flanco oriental del cinturón amurallado de Cáceres, recibía el nombre de Mansaborá o Mansa Alborada, tapiado según la propia leyenda tras la caída de la ciudad con Jasmina convertida en gallina de áureo plumaje, y cuya existencia nunca se ha podido demostrar, a pesar de descubrirse en el subsuelo del Palacio de las Veletas, surgido donde se erigía el antiguo alcázar, la entrada cegada a un desaparecido túnel, y de poderse vislumbrar una entrada a la muralla igualmente cegada cuya portada aparece abierta a los pies de la Torre de los Pozos.

Es decir, a camino entre la crónica histórica y la leyenda se ubica el capítulo que narra la reconquista definitiva de la ciudad por parte de las tropas cristianas, capitaneadas por el rey Alfonso IX de León, llevada a cabo en abril del año 1229 siguiendo sus planes militares decididos a desplazar la frontera político-religiosa hacia el sur, hasta alcanzar las vegas del río Guadiana y así incorporar a su reino las tierras ubicadas al norte de la mencionada corriente fluvial.

lienzo este de la muralla con su principal Torre de los Pozos

La Torre de los Pozos está situada en el ala oriental de la muralla y la torre se eleva 14 m desde su base y sobre un espolón rocoso con antiguos sillares de época romana. Dicen que era la más bella de las torres de la espléndida fortaleza y estaba conectada con la torre vecina y con la muralla por diversos muros con los que formaba un espacio trapezoidal que se extendía en dirección al arroyo del Marco, fuente principal de abastecimiento de agua. 

Se trata de la torre de base más grande y la más alta de la parte antigua de la ciudad de Cáceres, asentándose sobre enormes crestones de cuarcita. Se encontraba unida a la muralla por un paso albarrano de 26 m de longitud, desaparecido en su mayor parte al ser engullido por las posteriores viviendas y su planta trapezoidal está cercana al rectángulo. 

Desaparecido el acceso a esta Torre de los Pozos por el mencionado paso albarrano, la entrada actual se lleva a cabo por el portillo del flanco sur, dando acceso al interior de la torre y a su terraza superior o jardín-mirador. La cámara del interior de la torre está cubierta por bóvedas de aristas apoyadas en una columna formada por tres tambores graníticos de 1,84 m de altura. 

espolón rocoso bajo el Baluarte de los Pozos en Cáceres

Esta Torre de los Pozos fue decorada con complejos elementos ornamentales poco comunes en la arquitectura militar peninsular de Al-Ándalus y aún pueden verse estos diseños en forma de estrellas de ocho puntas o inscripciones con caracteres cúficos, creyéndose que podían tener un objetivo propagandístico. De hecho, la singularidad de la Torre de los Pozos estriba en que conserva esos esgrafiados tan valiosos en sus caras norte y este, al tratarse de uno de los escasos elementos artísticos de fábrica hispano-musulmana que conserva la ciudad y por constituir un legado histórico incomparable.

En el epígrafe de caligrafía cúfica andalusí los expertos intuyen la alabanza religiosa "Allah es nuestro señor", apareciendo también -como se ha dicho- dos estrellas de ocho puntas en su cara oriental y frontal así como falsos sillares y lágrimas. Varios metros debajo del esgrafiado también puede verse una cinta anudada, encasillando el falso sillarejo, procedente muy posiblemente de la decoración a base de cintas de mortero de cal que, en su momento, pudo cubrir la casi totalidad de los lados de la torre, haciéndola brillar al sol.

Bajo el Baluarte de los Pozos se encuentra la llamada Cisterna de San Roque, donde se almacenaba el agua para abastecer a la población de Cáceres. Por esta razón, la Torre de los Pozos y la Torre de los Aljibes fueron levantadas para proteger a la ciudad, su acceso a la ribera del Marco y a la cisterna que estaba justo debajo del Baluarte. Los cristianos oprimidos habían intentado, en distintas ocasiones, envenenar el agua almacenada en ella, en rebelión contra los gobernantes musulmanes. 

vista nocturna de Cisterna y Baluarte

La Cisterna de San Roque podía albergar hasta 130 m3 de agua y, desde la parte baja del frontal del Baluarte, sobresalía el pasadizo fortificado que llegaba hasta la misma cisterna y permitía así recoger agua de una forma segura sin tener que abandonar para ello la fortaleza. Se trataría del final del supuesto trayecto que la joven musulmana Jasmina recorría en sus salidas hacia el arroyo para encontrarse con su amante.

La Cisterna se trataba, por tanto, de un gran aljibe que se encuentra conservado en buen estado y cuyo almacenaje acuífero habría dictaminado el propio diseño del entramado hidráulico y defensivo del Baluarte. Posiblemente esta Cisterna se nutre de aguas subterráneas que afloran en esta zona de la ciudad, como sucede en otros múltiples lugares del casco urbano gracias a la profusión de zonas calizas, tomándose las mismas a través de dos brocales que, en la parte baja de las torres, afloraban en una terraza fortificada. Aún hoy siempre tiene agua, aun en períodos de estiaje.

En cuanto a la otra torre principal, la Torre de los Aljibes, se trata de una torre albarrana situada a unos metros junto a la esquina sur del lienzo de muralla y cierra el lado oriental del Baluarte. Un recorrido por el adarve del mismo, coronado con seis merlones, conduce hasta el paso albarrano que unía la Torre de los Aljibes al baluarte, manteniéndose hoy en día tan solo este pasillo, cerrado como si de una menuda torre de flanqueo se tratara, así como la base de la atalaya.

restos del Baluarte de los Pozos entre las torres y la Cisterna

En la actualidad, por desgracia, sólo se conserva una pequeña parte de la Torre de los Aljibes al encontrarse en estado de ruina. Hoy en día vemos el muro con que los cristianos forraron el lienzo almohade previo, con diez merlones coronados en albardillas piramidales. Fuera de la muralla, en la parte baja del terreno, junto a la Cisterna de San Roque, se cree que hubo otra torre más pequeña, de la que sólo quedan restos de sus cimientos y es conocida como Torre Coracha. 

La demolición de varias viviendas construidas a los pies del Baluarte de los Pozos permitió descubrir no sólo los cimientos de la casi desaparecida Torre Coracha de la que se intuía su existencia, sino además recuperar la cisterna olvidada y averiguar el uso del portillo que aún se conserva, así como trazar los planos del entramado hidráulico que forma el Baluarte, diseñado por los mismos arquitectos de época almohade que habían rediseñado y reforzado el sistema amurallado cacereño.

Cabe recordar que la ciudad de Cáceres en época almohade se encontraba rodeada por una enorme muralla en la que se podían contar hasta veinte torres albarranas, siendo la mayor estructura con la que hoy cuenta la ciudad medieval, un bastión con los elementos defensivos más avanzados de la época. Este conjunto fortificado estaba dividido, a su vez, en tres zonas: la alcazaba o residencia del gobernador, el albacar que era el recinto para reunir a las tropas y refugiar a la población y la medina, que se correspondía con la ciudad almohade.

salida de la Torre de los Pozos al jardín-mirador

La muralla de Cáceres, de 1,1 km de perímetro y 8,2 hectáreas intramuros, conserva aún siete de sus torres albarranas. La más adelantada de ellas forma este Baluarte de los Pozos, llevando su mismo nombre y sin duda debió de ser simbólica para los almohades debido a su cuidada decoración exterior. Tras la reciente restauración llevada a cabo en el Baluarte ya es posible observar las almenas recuperadas de la Torre de los Pozos, que confieren al lienzo este de la muralla la robusta presencia que siempre debió tener, ya que no en vano desde allí se protegía el acceso al agua, ese bien tan preciado.

Quizás algún día un nuevo descubrimiento permita seguir escribiendo nuevos capítulos sobre la naturaleza de este monumento, así como sobre la historia de la ciudad de Cáceres, quedando hasta entonces viva la leyenda que, desde siglos atrás, circula incansable entre los habitantes de la ciudad formando parte inseparable de su cultura y de su tradición más querida.

Granada

vista de Alhambra de Granada y Sierra Nevada

Como la ciudad de Roma en Italia o Ammán en Jordania, la ciudad de Granada se alza entre siete colinas  junto a los ríos Darro y Genil resguardada por la inmensa mole de la Sierra Nevada. El pico más alto de esta sierra tomó el nombre de Mulhacén haciendo referencia al que fuera penúltimo rey nazarí de Granada, el padre de Boabdil, Muley Hacén. A una altura de 3.482 m sobre el nivel del mar, es la segunda cumbre más alta del país tras el Teide canario.

Al menos desde los tiempos de la creación del emirato de Córdoba y hasta la caída del califato cordobés, es decir, entre los siglos VIII y XI, el espacio que ocupa la actual ciudad de Granada estuvo deshabitado, permaneciendo solamente los restos del oppidum ibérico, usado como fortaleza o hisn en los tiempos de la rebelión de los muladíes en el siglo IX. Se considera que pudo subsistir alguna alquería alrededor de Hisn Garnata, nombre con el que se conoció a la antigua Ilíberis. La presencia musulmana en Granada se produjo entre los años 711 y 712 y la llevó a cabo un hijo de Musa llamado Abd Al-Aziz que venía de conquistar Lorca, Baza y Guadix. 

Entonces se creó el distrito de Ilbira como circunscripción militar y administrativa. Por tanto, la ciudad importante entre los años 712 y 1012 fue la vecina Madinat Ilbira, a unos 10 km al oeste de Granada, que llegó a ser la capital de la qura y una de las ciudades más importantes de Al-Ándalus. Sus límites eran al norte la qura de Yayyan o Jaén, al este la qura de Tudmir o Murcia y el Mediterráneo, al sur también el mar y al oeste la qura de Rayya (Málaga) y Cabra. Incluía, por tanto, gran parte de las tierras que hoy son de Almería.

ubicación de Madinat Ilbira en la provincia de Granada

Más adelante, en el año 755, la costa granadina recibió a Abd Al-Rahmán I, único superviviente de la dinastía de los omeyas, quien se asentó primero en Loja para luego ser nombrado emir de Archidona y posteriormente emir de Córdoba. Esta nueva autoridad con la implantación de la dinastía omeya en Al-Ándalus no fue unánimemente reconocida y en Madinat Ilbira estallaron rebeliones incitadas por los mozárabes a las que se unieron los muladíes (cristianos convertidos al islam) que se resolvieron por vía militar. 

Dos siglos después, una vez establecido Abd Al-Rahmán III como califa de Córdoba, se inicia en Al-Ándalus una larga época de estabilidad durante la cual Córdoba alcanza su máximo esplendor y Granada se mantiene, hasta el año 1031, sumisa al califato. La transformación de la pequeña población de Garnata en una ciudad de cierta importancia ocurrió precisamente a principios del siglo XI, cuando la dinastía bereber de los ziríes formó un principado semi-independiente en época de los reinos de taifas. 

Los ziríes trasladaron la capital de Madinat Ilbira a Madinat Garnata. Cuatro miembros de la familia zirí ocuparon el trono. El primero de la dinastía, Zawi Ibn Zirí, fundó la nueva ciudad de Madinat Garnata en el año 1013, alrededor del castillo existente, abandonando entonces Madinat Ilbira, que quedó despoblada alrededor del año 1020 y arruinada. La etimología del topónimo Garnata es discutida y podría provenir tanto del árabe (Gar-anat o Colina de peregrinos) como del latín (granatum o granado). Al primer zirí lo sucedió su sobrino Habus Ibn Maksan, a éste su hijo Badis Ibn Habus, con el que el reino alcanzó su apogeo, siendo el último su nieto Abd Allah.

tramo de muralla de época zirí en Granada

Bajo los tres gobernantes ziríes Habus, Badis y Abd Allah (años 1025-1090) la ciudad aumentó en población. El reinado de Badis iba a estar marcado por su particular relación con la familia judía de los Banu Nagrella y los sucesos ocurridos con los judíos granadinos. Esta familia tuvo un importantísimo papel en la política y la economía del reino zirí, creando tensas situaciones que culminaron en el año 1066 con un levantamiento de todo el pueblo contra ellos y sus hermanos de religión, provocando una gran matanza.

Los edificios en la época del reino zirí de Granada estaban concentrados en la colina de la alcazaba y en su entorno inmediato. La zona que inicialmente se ocupó, de forma intensiva, es la situada en el centro del actual barrio del Albaycín, conocida como Al-Casba Cadima o Alcazaba Vieja. Para finales del siglo XI ya estaba urbanizada la mayor parte de la colina, rodeada por una muralla que aún subsiste en buena medida embutida parcialmente en el caserío urbano. 

Esta Alcazaba Vieja estaba situada en lo más alto de la colina del Albaycín, donde se situaba el Palacio Real de los ziríes, reconstruido por el rey Badis y que continuó siendo residencia de los monarcas nazaríes hasta los primeros años del siglo XIV. Contenía dos barrios, Harat Al-Casba al norte y Rabad Al-Mufadar al sur, disponiendo de al menos cuatro puertas de acceso. La ciudad de Granada en época zirí contenía unas 4.400 casas repartidas en la citada colina del Albaycín. 

muralla y torres de época zirí en la ciudad de Granada

La ciudad era entonces abastecida de agua mediante dos sistemas, la acequia de Aynadamar, construida en esa época, que llevaba el agua desde Alfacar para su almacenaje en aljibes urbanos, y la coracha del Darro, de la que aún quedan restos conocidos como Puente del Cadí y que debía situarse en una torre similar a la que aún subsiste en la margen derecha del río. También se construyó la Acequia Gorda, que recogía aguas del propio río Genil, aunque su uso en aquel entonces era para regadío y no para abastecimiento.

A finales del siglo XI, la presión de los reinos cristianos sobre los reinos de taifas musulmanes obligó a estos a pedir ayuda al otro lado del Estrecho de Gibraltar, en concreto al imperio almorávide de reciente aparición en el panorama político mediterráneo. Al integrarse en el imperio almorávide, Granada albergó a un gobernador del imperio y la ciudad tuvo un papel importante en las operaciones militares de la época. En época bereber, la estructura urbana de la ciudad de Granada se modificó escasamente en el largo periodo de dominación de los almorávides y los almohades (años 1090-1269). 

Del análisis que de las fuentes árabes han hecho diversos autores se desprende que en época almorávide se amplió el recinto amurallado, abriéndose puertas como el Arco/Puerta de las Pesas o Bab Al-Ziyad y la Bib Al-Bunaida o Puerta Monaita, ambas aún en pie. También corresponde a esta época la desaparecida Bib Al-Fajjarin o de los Alfareros cuyos restos se excavaron hace unos años en el barrio del Realejo, y el castillo hoy conocido como Torres Bermejas así como la apertura de la Bab Mauror junto a ellas.​ 

vista del conjunto de Torres Bermejas

A finales del siglo XI y comienzos del siglo XII, aún durante el imperio almorávide, se construyeron dos paseos extramuros para el ocio, que son citados también en diversos poemas y son conocidos como la Alameda de Mu'ammal, en la orilla derecha del Genil, y la Nayd, cuyo emplazamiento ha sido discutido por diversos autores. Por otro lado, se podría considerar que desde el año 1147 todo Al-Ándalus estaba ocupado por los almohades, aunque Granada se mantuvo a favor de los almorávides hasta 1156, en que, viéndose ya aislada del imperio, se entregó.

En la época almohade apenas se modificó la estructura urbana, quedando solamente como testigos de su época algunos edificios de gran interés, como el Qasar Al-Sayyid o Alcázar del Genil y el Palacio de Dar Al-Bayda que varios autores identifican con el actual Cuarto Real de Santo Domingo. También los almohades amurallaron los arrabales del este, donde hoy está el barrio del Realejo y en el siglo XIII se llevó a cabo la ampliación del cementerio situado junto a la Puerta de Elvira denominado Maqbarat al-Faqth Sa'ad Ibn Malik, así como la apertura de un nuevo cementerio en el Campo del Príncipe. 

Durante el imperio almohade, Granada fue tomada siempre como base de operaciones norteafricanas en el dominio y control de la zona nordeste peninsular. Tras el fin del poder almohade siguió un breve período de lucha entre varios señores musulmanes por la hegemonía del territorio islámico. Uno de los personajes que más sobresalió fue Muhammad Ibn Nasr, sublevado en el año 1232 en Arjona. Tras un pacto de vasallaje con el rey cristiano Fernando III el Santo, se consolidó en el año 1237 como soberano y fundador de la dinastía nazarí de Granada con categoría de reino, cuando en el resto de Al-Ándalus se vivía la época de los llamados Terceros taifas.

vista del Alcázar del Genil en Granada

La ciudad de Granada creció de forma sostenida durante el siglo XIII, con el advenimiento del citado reino nazarí, lo que obligó a la posterior ampliación de las cercas defensivas; la del Nayd, comenzada en período almohade, y la del gran Rabad Al-Bayyazin o Barrio del Albaycín al norte de la ciudad que se realizó en período ya tardío en el año 1327. El reino nazarí abarcaba las actuales provincias de Granada, Málaga y Almería, además de algunas áreas de Cádiz y Jaén. Se calcula que el reino estaba habitado por unas 300 mil personas. Los grandes núcleos urbanos eran Málaga con 20 mil, Almería con 9 mil y Guadix con una población aproximada. Granada, como capital del reino, albergaba unas 50 mil.

Para la formación del conjunto monumental de Alhambra el acontecimiento más importante fue la construcción por el visir Yusuf Ibn Nagrella de una fortaleza-palacio en la colina de la Sabika, uno de los puntos más elevados de una ciudad de Garnata en crecimiento. Se amurallaron los arrabales del Albaycín, como ya se dijo, por orden de Muhammad I o Alhamar, primer rey nazarí de Granada, y se reconstruyó y amplió esta fortaleza hasta entonces zirí, reforzándose sus muros y levantándose las principales torres. 

Su sucesor Muhammad II terminó las obras de construcción de la nueva alcazaba de la ciudad. Con toda probabilidad las murallas exteriores del recinto y el acueducto se completaron para el final del siglo XIII. La ciudad aparece ya plenamente conformada para esas fechas, con una estructura típicamente islámica. Tanto la medina como los arrabales se organizaban en barrios, de tamaño y población muy diversa. Cada uno de esos barrios tenía a su frente un cadí, encargado de mantener el orden, sobre todo en los mercados.

vista de Alhambra y Torre de Comares desde el Albaycín

Los jardines y pabellones del llamado Generalife datan al parecer del reinado de Ismail (años 1314-1325), pero los restos más importantes de la Alhambra (el complejo del Patio de los Arrayanes y el Patio de los Leones) pertenecen a la época de Yusuf I (1333-1354) y su hijo Muhammad V, siendo este estilo granadino la culminación del arte árabe andalusí. El palacio del emperador Carlos V, que se construyó después de la toma de la ciudad Granada en 1492 por sus abuelos, los denominados Reyes Católicos, también está dentro de la medina.

Se disponía también de una ronda nocturna, ajustada al perímetro estricto de cada barrio, con la función de vigilar y abrir, en su caso, las puertas de las murallas, tanto de las interiores como de las principales puertas de la ciudad. Según el tamaño del barrio se disponía de servicios comunitarios como hammam, escuela, horno, mezquita, etc, o por el contrario, su núcleo se limitaba a un oratorio. La ocupación del terreno era muy densa, sin apenas espacio libre, al menos en las zonas de la medina y no tanto en los arrabales, con callejas sinuosas y estrechas, cortas y quebradas, aunque hubo excepciones como en el caso de la Alcaicería, con calles trazadas a cordel.

La ciudad de Granada en su prolongada época musulmana fue en definitiva capital del reino zirí de Granada, durante el siglo XI, y del reino nazarí entre los siglos siglo XIII y siglo XV. Tras cinco siglos de actividad quedan bien diferenciados los tres sectores en la ciudadela de altas murallas y torres defensivas en que se convirtió Alhambra: alcazaba (cuartel de la guardia real), entramado urbano y barrio castrense (casas de nobles y plebeyos) y los palacios y medina (donde se encuentran los célebres palacios nazaríes).​

detalles en yeso en el Patio de los Leones

En el apogeo del reino nazarí, la ciudad estaba organizada en seis distritos, con sus barrios, así como dos arrabales extramuros. Esos seis grandes distritos estaban amurallados, separados entre ellos y del exterior por cercas defensivas, con puertas que se cerraban durante la noche y cada uno de ellos se organizaba en barrios o dicho en árabe, rabad. Los principales distritos podría decirse que fueron Al-Casba Cadima o Alcazaba Vieja que se detalló antes, Al-Casba y la llamada Ciudad Nueva. Fuera de las murallas existieron dos barrios o arrabales, el Rabad Arrambla o Arrabal de la Rambla y el Rabad El-Necued o Arrabal de la Loma.

El Rabad Al-Casba estaba situado inmediatamente al sur de Al-Casba Cadima, rodeándolo por oriente y occidente. Su único contacto con el anterior se hacía por su extremo noreste en el Rabad Cauracha. El recinto amurallado descendía hasta el río Darro conformando allí el Rabad Haxarris, cuyo hammam aún se conserva en buen estado y es conocido como El Bañuelo. Además, integraba intramuros el Rabad Aitunjar, uno de los barrios más poblados, el Rabad Badis, en el que encontramos el Palacio de Dar Al-Horra y el Rabad Al-Murabidin o de los Ermitaños. Se accedía a este distrito a través de seis puertas.

La llamada Ciudad Nueva está situada al sur de los barrios Al-Casba Cadima y Al-Casba, en ambas orillas del río Darro y en la cornisa suroeste de la colina del Albaycín. Estaba compuesto de un gran número de barrios y en ellos se situaban algunos de los edificios más importantes de la ciudad como la Jima El-Kebir o la Gran Mezquita ya desaparecida, Alhondaq Gidida o el Corral del Carbón aún en pie y Al-Madras o La Madraza que se conserva parcialmente, así como la Fondaq Alginuyin o Alhóndiga de los Genoveses, desaparecida, al igual que los baños de Abu Adal situados junto a ella.

vista externa de la Puerta de Elvira en la ciudad de Granada

Un recinto tan amplio, tenía forzosamente que disponer de un gran número de puertas de acceso y se recogieron por escrito un total de dieciséis. Cuatro de estas puertas conectaban con el recinto de Al-Casba y otra, hoy conocida como Puerta de las Armas, conectaba con Alhambra. Tres puertas conectaban con los barrios orientales (Bib Handac, Bib Axauro y la Bib Al-Fajjarin ya citada) y las puertas restantes daban acceso desde el exterior conservándose aún la más occidental conocida hoy como Puerta de Elvira por ser la principal salida hacia la antigua capital de la qura califal.

Como ya se dijo anteriormente, fuera de las murallas de la ciudad existieron dos barrios de muy distinto carácter. Por un lado, Rabad Arrambla o Arrabal de la Rambla, que disponía de un amplio espacio usado como zoco, muy cerca de la Gran Mezquita. Este arrabal ocupaba la zona que hoy se conoce como Birrambla, en clara referencia a entonces. Se trataba de un barrio muy activo comercialmente, parcialmente amurallado en su lado sureste, en el que se abría la Puerta o Bib Rambla -hoy Arco de las Orejas- que daba acceso al río Darro y fue demolida en el siglo XIX y reconstruida después en los bosques de Alhambra. 

El Arrabal de la Rambla disponía de mezquita propia, la Jima Haddion o de los Herreros y de una alhóndiga, Al-Fondaq Zaida. Por su parte, el otro arrabal o barrio extramuros, Rabad El-Necued o Arrabal de la Loma estaba situado en el extremo sureste de la muralla, junto a la puerta llamada Bib Neched y estaba rodeada de huertas sobre la orilla derecha del río Genil. Este arrabal estaba bordeado por la Ciquia Al-Quebira o Acequia Gorda.

la Bib Rambla en el bosque de Alhambra

Desde los primeros años de existencia del reino nazarí hasta su desaparición, los períodos de paz alternaron con otros en los que las tensiones estuvieron presentes, formando parte de un cuadro de luchas internas y externas. En el exterior se hicieron y deshicieron alianzas con Castilla, Aragón y los benimerines del Magreb, buscando su supervivencia como reino. En el interior se vivieron graves situaciones provocadas por intrigas cortesanas, instigadas y mantenidas por las familias poderosas con los Abencerrajes, los Comixa, los Alamines y los Venegas como los más representativos que subían o arrojaban del trono a los soberanos según sus intereses.

Granada, que es ciudad para caminar, aún sigue conservando cierto embrujo entre sus callejuelas recorriendo los monumentos, los cármenes, sintiendo el ir y venir del agua en el río y el paso de la historia. Sus calles de trazado quebrado siguen permitiendo distinguir la antigua estructura e invitan a revivir sensaciones. La estructura urbana de la capital nazarí y el pasado esplendor andalusí es reconocible todavía hoy en muchas zonas de la ciudad actual, de hecho ninguna ciudad importante ha mantenido tan bien como Granada su carácter de urbe islámica. El barrio del Albaycín incluso, pese a la despoblación que debió sufrir, ha mantenido el trazado viario y su estructura.

Por otra parte, tanto el Darro como el río Genil bastaban por sí solos para abastecer la ciudad, pero el abastecimiento del alcázar en Alhambra resultaba más complicado debido a la altura de la ubicación del mismo por lo que de ahí surgió esa parte de la muralla, permitiendo bajar a sus habitantes hasta el Darro sin quedar desprotegidos. El agua que baja de Sierra Nevada se derrama por toda la ciudad y por ello rodean las murallas amplios jardines y árboles frondosos. La red hidrográfica granadina la conforman, junto al río Genil, los ríos Darro, Beiro, Monachil y Dílar, entre otras. 

vista del puente sobre el Darro

Las principales acequias artificiales que se suman a este suministro de agua son las de Tarramonta, Arabuleila, Aynadamar, la Acequia Real de la Alhambra y la Acequia Gorda del Genil. El agua da incluso en Alhambra el nombre a una de sus torres, la Torre del Agua y en los jardines altos del Generalife encontramos la Escalera del Agua. Desde Alhambra, el barrio del Albaycín se nos presenta amontonado sobre otra colina, alzando sus torres y conservando su aire y gracia mudéjar. En esta ciudad de Granada quedaron definitivamente las últimas huellas del paso islámico por vergeles y palacios y es que fueron en total 23 los sultanes de Granada.

Granada fue la última capital de Al-Ándalus y a pesar de que en el año 1491 el poderoso ejército castellano, que ya había sojuzgado casi todo el territorio nazarí en los cuatro años anteriores, penetró en la vega de Granada y puso sitio a la ciudad, esta ciudad no cayó como consecuencia de un enfrentamiento entre ambos ejércitos, sino mediante un proceso de negociación que culminó en noviembre de ese mismo año, con la firma en Santa Fe de las correspondientes Capitulaciones.

En estas capitulaciones se pactó un plazo de dos meses para la entrega de la ciudad, aunque finalmente ese plazo no se agotó y el encuentro se produjo el 2 de enero de 1492, cuando Boabdil el Desdichado entregó la imponente alcazaba de Alhambra y, por ende, el poder de la ciudad a los después llamados reyes católicos, el rey Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla. La larga permanencia árabe en su suelo dotó a la ciudad islámica de todos los monumentos imaginables y la convirtió aún a día de hoy en un museo histórico y artístico en exposición permanente al aire libre.

vista nocturna y exterior de la Puerta del Vino

Las capitulaciones eran, en principio, muy generosas para los granadinos. Podían seguir practicando libre y públicamente su religión, se respetarían sus propiedades y se mantendría la vigencia del derecho islámico en litigios entre muslimes, creándose la figura de jueces mixtos cuando se tratase de litigios con cristianos. Se creó además una especie de ayuntamiento musulmán y se previeron franquicias fiscales por tres años. Además, los reyes cristianos nombraron primer arzobispo de Granada a Hernando de Talavera, confesor de la reina Isabel y hombre moderado y con alta estima de la calidad moral de los musulmanes.

Sin embargo, cuando en el año 1499 la corte cristiana se instala temporalmente en Granada, muchos se escandalizaron de la pervivencia del islam y de que la población asistiera masivamente a las mezquitas. El nuevo confesor de la reina y arzobispo de Toledo, fray Francisco Jiménez de Cisneros, inició una dura campaña de conversiones forzosas, con confiscación y quema de libros, encarcelamiento de alfaquíes y procesos inquisitoriales. Se realizaron conversiones masivas, aunque ello no disminuyó la presión sobre la población granadina, pues como informó Diego Hurtado de Mendoza en el siglo XVI "los cristianos nuevos, gente sin lengua y sin favor, encogida y mostrada a servir, veían condenarse, quitar o partir las haciendas que habían poseído, comprado o heredado de sus abuelos, sin ser oídos".​ 

Esta política generó graves revueltas en el barrio del Albaycín, especialmente tras la transformación por orden de Cisneros de mezquitas en iglesias. Sus órdenes se extendieron a otras zonas del reino y los musulmanes fueron gravemente reprimidos. Los reyes cristianos aprovecharon las revueltas para declarar nulas las capitulaciones y ordenaron una primera expulsión de moriscos así como la reclusión de los restantes en un gueto situado alrededor de la Bib Rambla.​ Para el año 1519, el conquistador y geógrafo Martín Fernández de Enciso comentaría que «Granada fue gran pueblo en tiempo de moros y agora no es tanto".

atardecer en Alhambra y ciudad de Granada

La Alpujarra

calle en La Taha, Granada

La Alpujarra, a menudo Las Alpujarras, es una región andaluza que se encuentra dividida entre la provincia de Granada y la provincia de Almería, en las faldas de la ladera sur de Sierra Nevada. ​Durante muchos años La Alpujarra ha sido la otra cara, la faz oculta de Granada, tratándose de una de las comarcas menos conocidas de Europa y de la propia península debido al aislamiento que su abrupto relieve le proporciona, similar a lo que sucede con Las Hurdes en la provincia de Cáceres. 

Atraídos por la riqueza minera de Sierra Nevada y gracias a su proximidad al mar, entraron en ella los fenicios, cartagineses y griegos y estos últimos así como los romanos establecieron en esta zona algunos poblados. Pero sin duda, los ochocientos años de cultura árabe en esta zona son los que le aportan su indiscutible personalidad, desde el nombre hasta la arquitectura, desde el sistema de regadío a la gastronomía. 

Su topónimo ofrece diferentes variantes ya que distintos autores afirman que puede derivar del árabe Al-Busherat y traducirse como tierra de pastos o tierra de hierba, otros dicen que deriva de Abuxarra que significa indomable o bien de la voz arábiga de Albordjela que se traduce como la fortificada. En cualquier caso, esta región histórica sin duda tomó su nombre en período andalusí.

localización de La Alpujarra en Almería y Granada

La región se compone principalmente de una serie de valles y barrancos que descienden desde las cumbres de Sierra Nevada, en el norte, al eje vertebrador de la comarca, que es el gran valle, dispuesto en dirección este-oeste, formado por las cuencas del río Guadalfeo, en la parte granadina, y del río Andarax, en la parte almeriense. Al sur, la sierra de Lújar, la sierra de la Contraviesa y la sierra de Gádor con sus barrancos, que descienden desde estas sierras al mar Mediterráneo. 

El puerto de Motril es el lugar de embarque más cercano y esta región se compone de un espacio de una enorme belleza natural y grandes contrastes. A causa de su clima suave, combinado con una fuente estable de agua para la irrigación de los ríos que descienden de Sierra Nevada, los valles de La Alpujarra disfrutan de un importante grado de fertilidad, si bien a causa de la naturaleza del terreno sólo pueden ser cultivados en pequeñas parcelas. 

Abundan en sus campos los árboles frutales, como naranjos, limoneros y caquis, así como manzanos, higueras, castaños, almendros y, por supuesto, los viñedos. La zona este de La Alpujarra, la zona almeriense, así como la cara sur de las sierras costeras, son más áridas.

fuente en Alboloduy, Granada

La localidad de Lanjarón, como su puerta principal desde Granada, debe su topónimo a lugar de manantiales en lengua árabe y nos muestra lujuriosa todo el esplendor de su naturaleza. Recorrer Lanjarón es como ver el revés de Sierra Nevada, con sus estrechas calles aún hoy encaladas y el sonido constante del agua. Por su parte, Órgiva aparece por vez primera en los escritos de Al-Udri en el siglo XI y posteriormente en los de Al-Idrisi, en el siglo XII, con los nombres de yuz Aryuba y Hisn Órgiva respectivamente, como distrito administrativo y castillo de la qura de Elvira.

Durante el reinado nazarí, la Órgiva granadina fue cabeza de una taha y tomó el nombre de Albastch, que se traduce como llano en árabe, y por lo tanto durante varios siglos se la conoció como Albacete de Órgiva. En este municipio hoy se encuentra la comunidad sufí más grande del país en la extensión de tierra más fértil que forma el río Guadalfeo. 

Pampaneira supera por su parte la cuota de los 1000 m y conserva en su actual iglesia artesonados mudéjares. Sus callejuelas, con el agua recorriéndolas, refrescan el alma a todo viajero nostálgico entre sus pasadizos y sus balconadas de madera y encontrando por doquier granadas y parrales.

agua en calles de Pampaneira, Granada

Bubión, por su parte, con la posición céntrica en la que está situado permite disponer de impresionantes vistas y, en días claros, es posible ver a la vez el mar Mediterráneo y Sierra Nevada desde el mismo punto. Esta población granadina posee una gran riqueza arquitectónica ya que diversas calles y casas fueron construidas en época andalusí y, posteriormente, conservadas por los habitantes del pueblo. En ella son comunes las fuentes, que pueden encontrarse por doquier y sus casas se caracterizan por las chimeneas y la ausencia de tejados como detalle predominante en La Alpujarra.

La Alpujarra aparece principalmente en la historia de Al-Ándalus en lo que sería el fin del reino nazarí de Granada. Tras conseguir entrar en Baza, los cristianos se lanzaron a la conquista de la capital por lo que Boabdil, sin ayuda del norte de África y a pesar de su defensa desde La Alhambra y alcanzando algunas victorias, decidió evitar el asedio y entregar el reino nazarí junto con la llave de la ciudad a un oficial castellano en enero del año 1492. 

En ese intercambio se concedía a todos los musulmanes el derecho a permanecer en la ciudad de Granada con sus posesiones, religión y cultura y se entregaba al último rey nazarí, Boabdil, unos terrenos en La Alpujarra, tanto en las provincias de Granada como en Almería. Los reyes católicos hicieron merced a Boabdil "por juro de heredad para siempre jamás" para él, sus hijos, nietos, biznietos, herederos y sucesores de las villas y lugares de las tahás o particiones de la época de los reinos de taifas. 

vista de Úgijar, en La Alpujarra granadina

De este modo Berja, Dalías, Alboloduy y Láujar de Andarax en la actual provincia de Almería así como de Úgijar, Juviles, Órgiva y Ferreira, en Granada, junto al corto río de montaña en la zona central de Sierra Nevada, el río Poqueira, con todos los pechos y derechos de sus pueblos, excepto del lugar de Adra en Almería, que quedó reservado a los cristianos siendo a su vez la cuarta ciudad más antigua de la península y con salida al mar.

Sierra y valle engloban a Soportújar, un lugar de magia granadina y naturaleza que aún hoy permanece mostrando sus numerosos tinaos o soportales, una especie de pasadizos que debido a la inclinación del terreno, forman las calles al pasar bajo las casas. Como parte del señorío de Órgiva fue concedida a los hijos cristianos de Muley Hacén, padre de Boabdil, y posteriormente, como recompensa por el aplastamiento de la primera revuelta morisca, fue cedida por los reyes cristianos a Gonzalo de Córdoba, el Gran Capitán en el año 1499.

vista aérea de las terrazas de Ohanes, en La Alpujarra almeriense

También al amparo de Sierra Nevada se extiende La Alpujarra almeriense. La localidad de Ohanes ofrece vistas de peculiar arquitectura que más parece del norte de África que de Andalucía. En Almócita, por su parte, pervive la historia árabe y de no ser por su recia iglesia mudéjar podría afirmarse que es un pueblo musulmán, muy próximo a Láujar de Andarax y donde se firmó una efímera paz con los cristianos.

Medina Alfahar tampoco queda lejos de las peculiares lagunas de agua que se forman en lo más alto de Sierra Nevada. Una chorrera característica se cree que es la que da nacimiento al río Genil, que se traduce como cien Nilos y tiene toda una historia tras de sí habiendo sido nominado por autores árabes como uno de los más bellos y maravillosos ríos que entonces existían, asemejándolo a la vida que proporcionaba el río egipcio.

calle en Pitres, La Alpujarra granadina

Por otra parte, la muerte de Morayma, su entierro y la partida de Boabdil El Desdichado dejando atrás Alhambra quedó descrita en varios documentos de la zona cristiana con gran lujo de datos, por lo que sabemos que yendo camino de Láujar de Andarax, en el exilio de la corte de Boabdil hacia La Alpujarra, éste decidió dar sepultura a sus antepasados de la dinastía nazarí así como a su mujer, Morayma, en una zona cercana a la localidad de Mondújar. 

Al parecer, junto con Boabdil salieron de la península un total de 6320 personas y, según el secretario de los reyes, 1700 personas eran de la capital nazarí y unas 4350 personas de La Alpujarra. Junto a la corte nazarí que acompañaba al último rey fueron otras miles las que decidieron refugiarse en La Alpujarra y en esta región vivieron durante unos ochenta años con sus costumbres y su religión y lengua. 

En La Alpujarra sobresalió el nombre de Ibn Humeya, con nombre cristiano Fernando de Córdoba y Válor, que se proclamó rey de La Alpujarra y son conocidos como los moriscos granadinos aquellos que aguantaron en estas escarpadas montañas hasta que Don Juan de Austria, hermano bastardo del rey Felipe II y enviado especial por éste, decidió terminar con su rebeldía declarándoles una abierta guerra en el año 1567 que casi acaba con el recuerdo en la zona de una civilización milenaria. 

vista de Trevélez en La Alpujarra granadina

En esta rebelión, la abundante y mayoritaria población morisca del reino de Granada protestaba contra la limitación de libertades culturales, lo que conllevaba la prohibición de todos los elementos distintivos de los moriscos como la lengua árabe, los vestidos, los baños, las ceremonias de culto, los ritos que las acompañaban, las zambras, etc. Su matanza, comenzada en la Güejar granadina, y su posterior expulsión de la península fueron duros golpes que sometieron a La Alpujarra a su peor época, el siglo XVII. 

Los moriscos sobrevivientes a la matanza tuvieron que marchar de estas tierras, los mismos que habían enseñado a los cristianos el cultivo del moral, el tejido de la seda, las técnicas de regadío y la carpintería, entre otros. En 1572, el rey Felipe II entregó el lugar de Soportújar a veintisiete familias cristianas traídas de Jaén, Montilla, Carcabuey, Yuste, Castilla La Vieja y Granada, a las que se les otorgó la titularidad pública de casi todo el término municipal, por citar un ejemplo. 

Por orden de la corona, se requirió que dos familias moriscas permaneciesen en cada villa para ayudar a los nuevos habitantes, introducidos desde Castilla, y así enseñarles la forma de trabajar las terrazas y los sistemas de irrigación de los que dependía la agricultura de la región pero la repoblación en La Alpujarra a la larga fracasó. A partir de la expulsión de los moriscos quedó todo el territorio de La Alpujarra almeriense desértica desde Níjar a Mojácar. Podría decirse que toda la zona quedó en un olvido histórico hasta que los viajeros románticos, mayormente durante el siglo XIX, la volvieron a descubrir.

acequia de la vega en Soportújar, La Alpujarra

Cerca del castillo, en Mondújar, los arqueólogos recientemente han hallado algo que puede llegar a ser histórico ya que se trata de un cementerio musulmán en el trazado de la autovía de Granada-Motril, con restos que podrían ser los que se trajeran desde la Rawda Real de Alhambra de Granada pertenecientes a los sultanes Muhammad II, Yusuf I, Yusuf III y Abu Saad, según se hizo constar en el folio 28 del libro de Apeo de Mondújar, escrito en el año 1577. Es sabido que Boabdil trasladó los restos de sus antepasados y consta que lo hizo depositándolos en esa zona, falta saber si se tratará de este hallazgo.

Cáceres. Aljibes en la ciudad monumental.

aljibe almohade en la ciudad monumental Cáceres

En el tercer conjunto monumental de Europa, en el fascinante recorrido por la llamada parte antigua de la ciudad medieval de Cáceres, en el alto barrio de San Mateo y bajo el subsuelo del actual Palacio de las Veletas, aún podemos contemplar el magnífico aljibe almohade del siglo XII, en perfecto y asombroso estado de conservación, a pesar de ser el aljibe más antiguo de la ciudad extremeña. 

Este aljibe fue excavado, en parte, en la roca natural de pizarra del mismo cerro en el que se levantó el alcázar de la ciudad. Se trata de un aljibe de planta irregular y ocupa, aproximadamente, 15 metros de largo por 10 m de ancho. Pueden aún admirarse los 16 arcos de herradura, sustentados por 12 columnas, algunas de origen romano y reaprovechadas, que forman las cinco naves de bóveda de cañón peraltado de que consta esta extraordinaria construcción. 

aljibe bajo el suelo del Palacio de Las Veletas, Cáceres

Aunque se hayan barajado varias hipótesis de su utilidad como el uso para baño o mazmorra, su finalidad principal sin duda era la de almacén del agua de lluvia, pues con toda seguridad el alcázar almohade durante el siglo XII abarcaba tanto el espacio del actual Palacio de las Cigüeñas como el solar de este mismo Palacio de las Veletas. 

Puede considerarse el aljibe más importante y mejor conservado de la península, y por ende de todo Al-Ándalus. Tanto por sus dimensiones como por su estructura, este aljibe cacereño no tiene igual y es seguido en conservación por el de Constantinopla en la actual ciudad de Estambul. 

Otro aljibe de época islámica que puede verse en la ciudad monumental de Cáceres posee menores dimensiones pero también se encuentra gratamente conservado, estando ubicado en la cripta de la actual iglesia de San Francisco Javier, también conocida como Iglesia de la Preciosa Sangre. No cabe duda que guardar agua en estos recintos era algo primordial para la ciudad.

aljibe bajo la actual Iglesia de la Preciosa Sangre, Cáceres

Este aljibe data del siglo XII, al igual que el del Palacio de las Veletas, presentando arreglos de épocas posteriores y cuya última obra de reconstrucción ha acondicionado el aljibe para ser visitado, desde el año 2009, a través de unas pasarelas sobre el nivel del agua y acondicionándolo con distintas luces que iluminan las columnas que mantienen la bóveda.

No lejos del que fuera alcázar almohade, y como otra ayuda más para mitigar el posible problema de abastecimiento de agua en esta ciudad extremeña, destaca el baluarte que componen las llamadas Torre de los Pozos y Torre de los Aljibes que formarían entre ambas una especie de coracha. Todavía hoy podemos observar cómo ambas torres albarranas sobresalen del recinto amurallado almohade en su flanco oriental y hacia el río que discurre a unos doscientos metros.

aljibe bajo iglesia de San Francisco Javier

Ritual funerario en Al-Ándalus

Maqbara en Asilah

Las fuentes escritas documentan hasta un total de veintiún cementerios islámicos en la ciudad de Córdoba, en gran medida localizados en las intervenciones arqueológicas realizadas en los últimos veinte años. Eran amplias zonas dispuestas extramuros que llegaron a albergar miles de tumbas en superficie. A menudo se han registrado también varios niveles superpuestos de enterramientos, especialmente en los más antiguos como el cementerio o Maqbara del Arrabal, al sur del río. 

Podría decirse que, caracterizado por su simplicidad y sobriedad, el ritual funerario andalusí solía igualarse al del resto del mundo islámico. Cuando un enfermo agonizante estaba a punto de expirar, levantaba el dedo índice de su mano derecha para dejar testimonio de su fe en un sólo Dios. Una vez fallecido se recordaba el nombre de Allah y la shahada o la mención de la profesión de fe musulmana. Cerrados los ojos del difunto, sólo debía de acercarse a él quien estuviese limpio y purificado ya que la persona encargada de practicarle la última ablución era la única que podía verlo cubierto con una sábana. 

Dicho familiar, pariente o amigo mojaba el cuerpo un número impar de veces y en el último lavado frotando la piel con hojas de parra, níspero o alcanfor decía "Allah es el más grande, Señor, perdónalo, apiádate de él". Era la única y última vez que al difunto si era varón se le aplicaba gashul, preparado de arcilla o tierra de batán, agua de rosas y otras flores aromáticas, cuya fórmula a veces secreta, solía hacerse en casa y que usaban las mujeres en el hammam.

Una vez concluido el amortajamiento que consistía en envolver al difunto con tres, cinco o siete tiras de lienzo o lino ungidas en almizcle, alcanfor y otras sustancias olorosas, se depositaba sobre el cuerpo o el féretro una sábana o paño (dos sobre las mujeres) para ser conducido en parihuelas. Algunas fetuas nazaríes señalan que podían añadirse durante el cortejo velos de seda e hilos de oro.

candil de piquera, siglo XI en Valencia

Incluso había quienes, como Al-Asili, jurista que vivió en la Córdoba del siglo XI, quiso ser envuelto en más de un sudario dejando entre los paños, sitio para introducir algunos de sus libros. En Alcazarquivir todavía hoy las puertas de las casas quedan entornadas mientras que amigos y parientes esperan la hora del funeral en la calle para conducir al difunto a hombros sobre una parihuela adornada con tallos de flor de aloe. En Al-Ándalus las angarillas perfumadas con algalia las transportaban los familiares hasta la mezquita, primer alto en el camino seguido de un cortejo que caminaba a pie.

Si el difunto había sido alguien reconocido por su santidad, la muchedumbre se agolpaba para llevar o tocar  las parihuelas y así impregnarse de su baraka lo que en ocasiones acaba destrozándolas. No obstante, las mulas de carga y carros constituían el vehículo de transporte al paraíso tal y como describe el filósofo Ibn Al-Arabi sobre el sepelio de Averroes en Córdoba "Ya no volví a encontrarme con él hasta que murió. Cuando fue colocado sobre una acémila, el ataúd que encerraba su cuerpo, pusiéronse sus obras en el costado opuesto para que sirviesen de contrapeso".

Averroes fue inicialmente enterrado en la ciudad de Marrakech, pero sus restos allí solo reposaron tres meses ya que después fue trasladado hasta Córdoba, concretamente al cementerio de Ibn Abbás donde se erigía el panteón familiar de los Banu Rusd y de otros muchos notables cordobeses y, según consta, fue transportado significativamente en una bestia en la que iba a un lado su féretro y al otro sus libros, con los que sería enterrado, tal como aseguró también Ibn Al-Arabi.

Todo aquel que en la calle viera pasar la comitiva, debía levantarse y acompañar en su dolor a los familiares y amigos del difunto, un ritual que sufría variaciones según la clase social a la que pertenecía el fallecido. Las mujeres pobres, embadurnaban su cara con hollín gritando y lacerando su pecho y mejillas, justo lo contrario a los sepelios reales donde el sufrimiento se contenía en silencio siguiendo un cortejo y protocolo organizados. Todo apunta que hombres y mujeres fueran vestidos de blanco, color de luto en el Islam como así lo revela el viajero alemán Jerónimo Münzer en una visita a Granada en el año 1494 habiendo presenciado un funeral popular por sus calles.

lápida del hayib Sapur en el Museo de Badajoz

El sahumerio constituyó un ritual habitual que acompañaba al difunto hasta detenerse en una puerta de la mezquita habilitada al efecto, una vez escuchada la llamada del almuédano. Tras la parada en la mezquita, el cortejo llegaba al cementerio. El imán se colocaba a la altura de la cabeza del hombre o del tronco de la mujer y, extendiendo los brazos sobre el féretro, pronunciaba la oración por el difunto expresando su nombre "para que lo escribiesen los ángeles". 

Después, una fosa estrecha en tierra virgen se abría para introducir al fallecido desprovisto de ataúd, envuelto sólo en un sudario y en posición decúbito lateral derecho, con las extremidades inferiores ligeramente flexionadas, los brazos recogidos sobre la región púbica y el rostro orientado hacia La Meca, en dirección sureste. Generalmente no se atestigua ningún tipo de ajuar, prohibido por el Islam, pero pueden encontrarse ocasionalmente elementos de adorno como anillos, pendientes y candiles. La tumba se cubría con tejas dispuestas transversalmente y rematadas con pequeños túmulos de tierra. 

En ocasiones, los difuntos podían tener lápidas u otras estructuras que permitían una mejor delimitación y ubicación. Losas, cascotes y adobes solían arrojarse encima de la sepultura siempre con poca tierra a fin de que no oprimiese al cuerpo el día del juicio final. También podían depositarse algunas hojas de mirto, cubriéndose en el caso de las clases más privilegiadas con una losa de mármol o arenisca donde aparecía el nombre, la fecha del fallecimiento, una aleya coránica o algún epitafio escrito en vida o en ocasiones versos, como así lo pidió el poeta cordobés Ibn Shuhayd en el siglo XI.

En ese mismo día solía ser habitual dar limosna a los más necesitados a fin de que el fallecido alcanzase un buen sufragio al día del juicio. Otra costumbre, que encontramos en algunos lugares del Magreb. es distribuir pan, mantequilla y miel como símbolo de aceptación de la voluntad suprema. También los familiares más directos guardan el luto durante ese día no cocinando, siendo los parientes los encargados de llevarles el almuerzo hasta el tercer día. Transcurridas esas jornadas se reanudan todas las actividades y se ofrece a los visitantes huevos cocidos, almendras y panes de anís con sésamo.

inscripción en lápida, Maqbara de Córdoba

Los andalusíes solían acudir diariamente durante siete días a la tumba de sus familiares para rezar el Corán y una recitación funeraria bien de día o de noche. De hecho, el hallazgo de restos de candiles en las excavaciones arqueológicas de algunos cementerios se han relacionado con esta práctica nocturna y, en algunos casos, el hecho de que se coloquen boca abajo junto a la cabeza del difunto podría emular una vida apagada.

En este sentido en el Islam aún se cree que, de alguna manera, el alma del difunto se sitúa cerca del lugar donde murió, siendo los ángeles de la muerte Nakir y Munkar quienes le interrogan sobre su profesión de fe. Si éste responde correctamente los ángeles lo elevan hasta el trono de Allah junto a lámparas de crisolita y zafiro. Por ello los familiares deben repetir la shahada durante el sepelio y a los días siguientes para facilitar el destino final. Pasados los días, al viernes siguiente, las mujeres acudían al cementerio recitando aleyas coránicas y cubriendo la tumba con palmas para rociarla con agua de azahar, humo de incienso y sándalo dando así por cerrado un ritual iniciado una semana atrás.

Los familiares del profeta y sus primeros compañeros, los llamados sahába, formaban parte del inicial grupo de musulmanes merecedores de un lugar de reposo eterno privilegiado, y sus tumbas se localizan por todo el mundo islámico medieval, incluido el recuerdo del improbable enterramiento de dos de ellos en Zaragoza, sobre cuyas tumbas se discutió si construir o no algún tipo de mausoleo conmemorativo, idea que finalmente se descartó.

Los enterramientos de los que conservamos más noticias y referencias en Al-Ándalus fueron los de diferentes soberanos islámicos. De manera excepcional, las tumbas de importantes personajes religiosos (sufíes, ulemas o doctores prestigiosos) podían resaltarse con una pequeña construcción de planta cuadrangular o qubba que podían ubicarse también intramuros, como la Rawda o jardín funerario perteneciente a los emires y califas omeyas, aunque su cementerio o rawda dinástica no tuviera una relevancia especial ni haya sido identificado todavía con absoluta precisión. 

Torre de la Rawda en Alhambra

Sabemos, eso sí, que era llamada Rawda o Turbat Al-Julafá, y que el mausoleo estaba situado, según las escasas referencias que tenemos, en el interior del alcázar cordobés. Se tienen también referencias de los panteones de algunas dinastías de reyes de taifas, así como la evidencia de epitafios de algunos de ellos. Recientemente se ha excavado e identificado el mausoleo de los reyes de la taifa de Murcia, con un oratorio asociado, aparecido en el alcázar de la ciudad, concretamente en las inmediaciones de la iglesia de San Juan de Dios. 

Por su parte, es bien conocido que los Banu Nasr de Granada contaron, por su parte, con dos espacios funerarios de referencia para los miembros de la dinastía nazarí, por un lado la antigua Maqbara Al-Sabika, situada en la colina de Alhambra, y por otro una Rawda o jardín funerario dentro del recinto de la propia fortaleza, que engloba asimismo la Torre de la Rawda que sostiene una cúpula gallonada en el interior de la qubba.

Podría decirse que la Córdoba sunní, por ejemplo, nunca pudo competir con El Cairo fatimí en número y riqueza de sus mausoleos, ya que seguramente pesaron más ciertas prescripciones malikíes para el desarrollo de esa expresión devocional a los difuntos. Por otra parte, no cabe duda que la conquista cristiana acabó borrando muchas de aquellas huellas artísticas y arquitectónicas que recordaban a sus muertos principales.